El Juramento Eterno de Abigail en la Capilla del Crepúsculo
Juramentos sagrados se disuelven en una sinfonía de carne prohibida
Juramentos Susurrados de Abigail en el Ocaso Quebequés
EPISODIO 6
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La capilla del crepúsculo se erguía oculta en los bosques susurrantes a las afueras de Montreal, sus antiguas paredes de piedra bañadas en la luz agonizante de un sol carmesí. Ventanas de vitrales representaban santos en éxtasis eterno, sus colores sangrando en la nave como vino derramado. Abigail Ouellet, la belleza canadiense menuda con cabello lila tejido en una trenza de sirena que caía por su espalda, se arrodillaba ante el altar. A sus 20 años, su piel de miel brillaba bajo la luz parpadeante de las velas, ojos avellana reflejando una mezcla de devoción y hambre audaz. Vestida con un camisón de encaje blanco traslúcido que se pegaba a su figura petite, insinuando las curvas medianas debajo, trazaba la cruz de madera gastada con dedos temblorosos. Este no era un lugar de culto ordinario; era su santuario para lo prohibido, donde la fe se retorcía en rito carnal. Los había invitado aquí: Luc Beaumont, el rudo franco-canadiense con ojos grises tormentosos y un cuerpo forjado por escaladas en montañas; Marie Duval, su confidente empática con mechones castaños ondulados y un toque gentil que ocultaba su espíritu salvaje; y Elena Rossi, la italiana fogosa trasplantada cuya piel aceitunada y rizos oscuros prometían pasión indómita. Juntos, renovarían votos no de papel y sacerdote, sino de cuerpos entrelazados en ritual. El corazón de Abigail latía con el peso de ello. Su bondad siempre había atraído a la gente cerca, su empatía tejiendo lazos, pero esta noche, ella orquestaba la sinfonía. El aire colgaba pesado con incienso —mirra y sándalo— avivando impulsos primarios. Se levantó, el camisón susurrando contra sus muslos, y encendió la última vela, su llama danzando como la lengua de un amante. Las sombras se alargaron, envolviendo el altar en intimidad. Los pasos de Luc resonaron primero, luego la risa...


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